Un día en la vida de una madre siria en Turquía - Caritas
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Un día en la vida de una madre siria en Turquía

Yusra se despierta a las 4 de la mañana

Ella vive en un almacén abandonado con su marido y sus hijos, en Reyhanlı, una ciudad turca de la provincia de Hatay, cerca de la frontera sur con Siria. Su primera tarea es conseguir algo de comer para el día. Ella pasa las próximas 12 horas en los campos, recogiendo fruta y verdura, junto con otros refugiados sirios.

A continuación, ella va a ver si su hijo mayor, Feraz, necesita el baño. El joven, de 19 años, es  discapacitado y no puede caminar. Cuando la familia llegó a Turquía tras huir de Alepo, vivieron en un establo. No tenían un techo digno, ni ventanas, ni puertas, hasta que Caritas les facilitó unas láminas de plástico, mantas y una estufa. Feraz tuvo una dermatitis y perdió el oído, debido a las terribles condiciones en las que estuvieron viviendo.

Yusra va luego a ver a Ahmed, otro hijo también discapacitado. Él no puede mover las piernas, ni los brazos. Le cambia el pañal, algo que una vez era un artículo de lujo para la familia, pero ahora lo reciben como ayuda.

A ella le pagan 25 liras turcas, por un día de trabajo en el campo, unos 7 euros. Regresa a casa a las 4 de la tarde, cuando lava y da de comer a sus hijos. Caritas le da vales para la familia, lo que significa que, a veces, incluso puede comprar algo especial “como fruta o queso”. El resto de la tarde es lavar la ropa o cocinar.

Yusra y sus hijos reciben ropa de abrigo, estufas y ayuda alimentaria de Caritas Hatay
Yusra y sus hijos reciben ropa de abrigo, estufas y ayuda alimentaria de Caritas Hatay. Foto de Patrick Nicholson / Caritas
Mustapha, uno de los hijos de Yusra, va a una escuela local.
Mustapha, uno de los hijos de Yusra, va a una escuela local. Caritas Turquía financia cuatro colegios que ofrecen educación gratuita a los niños. Foto por Patrick Nicholson / Caritas

“A media noche, se terminan las baterías”, nos dice ella. Sin embargo,  ella no puede dormir, por el llanto de los niños de lo impide. Están obsesionados por la guerra en Siria, por su vuelo a Turquía y por sus abuelos, que se quedaron en Siria.

“Nuestra casa fue destruida en un ataque aéreo”, recuerda. “Tuvimos que caminar 3 horas en la nieve para llegar a Turquía, mi marido y yo llevábamos en brazos a los niños. Ella estaba embarazada, pero perdió el bebé”.

Ella siempre está en alerta, por si Ahmed quisiera rascarse la cabeza.

“Cuando me voy a dormir, sueño que al despertar voy a poder caminar” dice Feraz. “Así podré ayudar a mi madre”. Y entonces se ríe, ante la tristeza de sus palabras. “Debemos parecer una banda de desesperados. Sin país, ni salud, ni dinero”, comenta. Pero no pueden permitirse el lujo de la autocompasión.

“Estamos en una situación terrible, pero me siento afortunada”, dijo Yusra. “Muchos de mis amigos han visto a sus hijos asesinados. Yo tengo a los míos y doy gracias a Dios por ello”.

Sus amigos le dicen que debería llevar a su tercer hijo, Mustafa, de 12 años, a trabajar con ella. “No puedo,” dice ella. “Él tiene que terminar sus estudios”.  Mustapha va a una escuela local y le encanta escribir poesía.

Reyes, ustedes no pueden ver a los sirios
no somos humanos como ustedes.

Mar, tus olas serán nuestro hogar,
porque no podemos encontrarlo en tierra.

No derramen lágrimas por nosotros,
las piedras lloran, pero los reyes no lloran.

Todos los países nos cerraron sus puertas,
sólo el cielo está abierto para nosotros.

¿Qué pueden hacer para ayudar?